sábado, 04 septiembre 2010

Nombres de Personas

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Uno de los criterios, en los que se alcanzó consenso muy amplio con cierta rapidez fue en el de respetar escrupulosamente la escritura original de los antropónimos extranjeros, así como catalanes, gallegos y vascos es decir, españoles no castellanos. Salvo excepciones, fueron desapareciendo las traducciones, transliteraciones y acentuaciones castellanizadas de estos nombres.


nombrarInduráin lleva acento, si él quiere, rezaba, muy gráficamente, un titular de Álex Grijelmo en El estilo del periodista. Porque, claro, si hemos de ser respetuosos con los nombres propios de nuestros conciudadanos, deberíamos saber si, independientemente de su procedencia, ellos quieren llamarse José o Josep, Cipriano o Ciprià, Andoni o Antonio, Benito o Bieito, Anna o Ana o Anne, Mari Carmen o Mayka; y si acaso solo es vasco uno de sus apellidos y no el otro ni el nombre; si han cambiado de opinión en un momento dado y desean cambiar la versión pública de su nombre; si querrían llamarse con una versión del nombre aquí y con la otra allá.


Y aun sabiendo todo esto, para escribir bien sus nombres tendríamos muchas veces que conocer también ciertas reglas ortográficas de sus respectivas lenguas. Y aun sabiendo todo esto también, ¿será posible preguntar a cada uno de los personajes públicos cómo quiere que escribamos su nombre, si castellanizado o no, si con acento o sin él?; y aun haciéndolo, ¿sería razonable esperar de ellos que no suelen ser ni lingüistas ni filólogos, ni tienen por qué estar especialmente preocupados por estas menudencias un criterio bien definido o suficientemente fundamentado al respecto? Y sobre todo, ¿podemos esperar del periodista, que es quien se enfrenta a diario a la responsabilidad de escribir estos nombres propios, que cumpla a rajatabla con tantas y tantas precauciones?


Los nombres propios, son no lo olvidemos como etiquetas sociales que aplicamos a las cosas para poder referirnos a ellas y hacerlas inequívocamente identificables y reconocibles de forma rápida y económica. Así que, en principio, parece razonable respetar la etiqueta que otras personas han recibido o elegido para sí mismas, la que quiera que esta sea, como nos gustaría que se respetara la propia; más aún; en estos momentos parece lo razonable y lo único políticamente correcto y socialmente aceptable. Y esto, en general, parece tenerlo claro nuestros medios de comunicación tanto escritos como audiovisuales, aunque siga, en parte, reinando la confusión.

 
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